Te conocí
en aquel bar de copas
donde no nos dieron
ni las gracias por emborracharnos.
Consumimos
nuestras atropelladas copas
como nuestras miradas sucias,
inmersos en la noche de carmín
en la camisa
y petequias
salpicadas en tu cuello.
No nos habíamos cruzado
más de dos o tres miradas.
Yo ya sabía
dónde nos iba a llevar el alcohol.
A los cuarenta estas cosas,
se saben o se presienten.
Pero duró, eso,
lo que tenía que durar.
Eso también se sabe,
como lo demás.
Hoy, estas tramoyas
son una excusa.
para no luchar
con uñas y dientes
para que este todo o nada
no tenga ni sentido,
como el peso de tus pasos,
como tus besos.
Las dimensiones prestadas
de este teatro
no son excusas
ni lo pretendo
y tampoco
el hecho de que, a veces,
incluso me tome la vida
demasiado a pecho,
sin retroceder más
que lo justo e innecesario.
Sé que estas cartas sin marcar,
si no son mías,
no son de ningún otro,
ni tengo tampoco
por qué tomarlas demasiado en serio.
Puede ser un farol.