Me caíste bien. Fue muy obvio.
No dudé un solo instante
en aquella sonrisa, primera y última,
con que iluminaste la oscuridad
de la calle donde nos citamos.
Nuestra pequeña historia,
tan cinematográfica como fugaz,
había comenzado
rápida y contundentemente.
Nada más verte,
nada más escucharme en tu boca
en forma de inocente pregunta,
rompiste todos y cada uno
de mis mecanismos de defensa.
Nuestro extraordinario saludo
consistió en arrancarnos
suavemente la ropa y la vergüenza
no diciéndonos nada
pero desnudándonos de casi todo.
Al momento ya sobraban
todas aquellas terceras personas,
ya no había aire ni espacio allí
para más aliento
que el de de nuestros
dos solitarios y únicos latidos.
El siguiente paso, y no fue fácil,
robarte aquellos dos o tres besos.
Premiaste mi atrevimiento
consintiendo mi arriesgada apuesta
pero no la tomaste en serio.
Y la cosa no pudo durar más
de lo que tardamos (un segundo)
en pesquisarnos mutuamente
como animales celosos de carne
