Mientras tú asías tu Flaubert ajado por el descuido y las torpezas, yo sostenía mi esperanza y se me deshilachaba entre los dedos como arena de la playa. Tus ojos, apenas entreabiertos y pintados lo justo para que mi deseo fuera salvaje y primario, no hacían ni el mínimo ademán de prestarme una décima de segundo. Era veintitrés de abril. Un año más. Ya han pasado dos. Devolvías la mirada sin dar el mínimo pábulo a mis sueños…