De agujeros negros.

Escucho el serpenteo

hipnótico y cruel

de estas

y aquellas voces abigarradas

entre mis costillas

sin evas que valgan

e irremediablemente juegan

a deshacerse

entre las espumas cansadas

de aquel verano

que ya me viene

grande e incómodo.

A estas alturas de la película,

y lo intento,

no percibo siquiera

la sal de sus playas,

las bocanadas de ternura

en la piel desnuda

que estrujábamos

con pobre y flaca desgana,

los cuerpos que entrelazábamos

sin pensarlo

ni el beso que arrancaste

de mi mirada.

Ya no  recuerdo

aquellos aromas

de hierba reseca

por los cansinos insectos

de la canícula

entre tus tímidas siestas

balanceadas,

tu libro electrónico

cargado de orientes,

tu eterna niñez

desaprovechada y confusa

en los entresijos

de mi acelerada corazonada.

Y llegó ese día,

me temblaban las piernas

con las que no llegaba

ni a la vuelta de la esquina,

con las que este oráculo,

cómo no, ciego de olvido,

me obligara a correr

hacia su ahuecado regazo

sin siquiera preguntarme

sobre este agujero negro.

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