Viernes veinte, siete de la tarde.

Me siento

renqueante en el raquítico anhelo

de tu garganta de extremaunción,

redimido  por estas flores de papel

tan mal separadas  de su suelo

que no envuelven sino tus culpas.

Me siento

con un par de alas prestadas

con una levítica reacción  de fracaso

pero , sin embargo,  me falta tierra

por donde llover estos pasos

que nacen bajo mis quebradas huellas.

Me siento

incesante  en el ademán de no odiarte,

terrible en la asunción ineludible

de nuestro accidente necesario,

y, absolutamente libre y confeso

para palpitar esta ficción sin su pulso.

Pero hoy,

viernes veinte,

siete de la tarde,

estoy triste.

Me has mirado

sin estremecerte.

He pensado en ayer

y no había nada.

Ni la sombra de tus nubes,

ni los latidos de tus lapsus.

ni la quiebra de tus lunas.

Ni tú, ni yo.

Ni  nosotros. Ni nadie. Ni nada.

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