Una bruma esquizofrénica que angustia como una resaca, pegajosa y martilleante, chicle de fresa adherido en el alma, resina en el tronco de este árbol que aún sigue subiendo mi niñez, electricidad en el roce sin las muescas que podría tener un revólver del cuarenta y cinco y pertinaz como esta sed de tiempos imposibles, como este brillo que no acaba de sacar su mejor versión, como esta humedad en la mirada, que acabará yéndose como una bandada de pájaros, quizá para volver si no cambia sus matices ahora que se hace de noche, ahora que está envuelta de brazos que la ahogan, ahora que mudará de piel para no ser reconocida o sí, seguro, ahora que estoy dispuesto a echarla a patadas, porque ya de su final he visto sus últimos fotogramas y de sus aleteos ya voy estando harto. No es que quiera arrojarte al vacío pero va habiendo poco espacio para los dos en esta cuerda tan floja como escuchimizada que nos hemos tendido. No sé si notas que ya no da más de sí la sisa de mis lágrimas, que la costura de esta sonrisa está a punto de ver el único hilo que ya he perdido. No me esperes, no me recuerdes, no me digas una sola palabra más, sé que tú, quedándote ahí donde estás encuentras tu sitio empolvado, tu lugar de fácil arraigo y desde él te haces fuerte como el suelo bajo tus pies, como la luz de tu palabra, como el ritmo de esta tirada, como la voz de esta obra mal acabada. No acaba de nacer quien quiero ser pero sé que de estos monstruos de lo insomne y estos trapos de los sentidos he de surgir de entre estas cenizas que yo mismo parí. Pero ¿¡No te das cuenta de que te estoy echando!?
