Nunca preguntes a mis ojos.
Te mentirán.
Antes o después
sin que jamás pudieses
darte cuenta,
sin que pudieses mediar
medio pestañeo en este
baile de miradas.
¿Apearnos
en este resto del tiempo?
¿O en una caricia
inmóvil en su vuelo?
Sería eterna, épica.
La convertiríamos
en una última oportunidad,
en una de esas cosas
que casi nunca se tiene,
como la sensación
de besar lo que pierdes,
degustar el vino
de una sonrisa de piedra,
fantasear un papel
que sabes imposible,
pero te engañas
cuantas veces haga falta.
EL tiempo, nada sutil,
siempre juega y huye.
Deja su evidencia
e, inevitablemente,
sabes, creces. Has perdido.