Cuestión de perspectiva

Desde fuera

y hacia adentro me descubro

sin la querencia tácita

y la autoflagelación

en mí tan acorralada y aciaga;

desde la mirada

y hacia mi voz me reivindico

con esta fuerza y rubor,

con esta loca ausencia

de suave armonía arrabalera.

Diferente, sí,

porque ya no era yo

el que la asía de la mano,

yo ya no soy el de la trémula

caricia semidesnuda

de espigas  enredadas

aún maltrechas por su hechura

de la tarde eterna

vacía y extinta de pretextos.

Quedan lejos

las manos en los bolsillos

dormidas de sus fondos,

los besos en las aceras

atestadas de flores,

el frío de las escapadas

apartadas de su mañana

sin echar un cálculo grosso modo

de sus tantos delitos,

sin volver la vista atrás

y no ver sus pocas barricadas,

sin vacíos que me acechen

que aparezcan calmos,

sin rémoras que liberar

de sus yermas inercias,

sin los últimos de mes

de sus límites e infamias,

sin el penúltimo proyecto,

de sus  crudas vaharadas

y sin la propia intuición

de que nos remitía a la soledad.

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