Te desordeno en cajas de cartón
que lleno a destiempo
en últimos minutos de esta,
tu enésima despedida,
en consejos recurrentes
sin su perfecta mordaza elíptica,
en los daños colaterales
de tus piropos desacompasados,
en instrucciones sin seguir
más que por su peripuesto final,
en secretos que no me asustan
ni me empolvan de su camino,
en plumas que no vuelan
si se reescriben originales,
en verbos sacados de su categoría
pertinaces en su desahucio,
en el primer beso de carne cruda
que recorre mis vientos alados,
en la deseada penúltima caricia
ensimismada de no verse,
en el después que te prometí
sin pensar en tu pasado mañana,
en el antes tedioso y desaliñado
sin tintes de reliquia de silencios,
en el pliegue que hace tu costado
y se conjura en medio recuerdo,
en lo que meces y duermes
sin que se revuelva sin tripas
cada próxima parada de tren,
en lo que nunca olvidamos
pero que nunca acabamos de sentir,
en lo que conservo de tus ayeres
sin su pronóstico reservado,
en el ridículo por descubrírseme
y que no redime su único tiempo,
en la sombra que te destapa
sin su árbol cansado que la corrija,
en la llamada que no socorres
de su mordaza de piel vacía,
en el casi, en el quise y en el pude
a los que no le debemos nada,
en la victoria de perfecto derrotado
que se nos está anquilosando,
en la memoria de tus escamas
que no se pierden en su lluvia,
en esas perdidas miradas que lancé
para atarte como a una piedra cosida
al resto de lo que queda mi vida.
