Cuentos chinos.

Como todos, y digo todos,

y cada uno  de los cuentos,

(y éste no lo convertiremos

en nuevo mártir de su género)

que acaban por donde

no quieren  volver empezar,

éste debí empezarlo

por su último y leso final,

por su ruina  de alegrías,

por su recua de pobrezas,

por su renuncia de sinos,

por su explosión de condenas.

Si aún así quisiese llorar,

y no me resulta imposible,

sobre esta horda de  cicatrices

no tendría que lanzar más

que unos besos al aire,

no habría más que amordazar

tus manos a tu conciencia.

En tu palabra,

tu nunca,

tu cerca

y tu lejos.

Jugando a travestirse

en modos de tu pasado,

a retoñar de piropos

tus oídos regalados,

a herirse con  la línea del olvido

para acabar bebiendo sin tregua

de este agua que no se debe,

de esta  ausencia por los rincones,

de  este no tener más besos

como los que uno, celoso,

roba para no parecer más trágico,

de mi propia  y ajena

y arraigada ceguera,

convirtiendo, inevitablemente,

mi aportación  a este baile

de discursos insólitos

y redundando siempre

en la tesis últimas acostumbradas.

En mi espacio,

mi abismo,

mi tiempo

y mi discurso.

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