No quiero.

No quiero ser crisálida

de mis cenizas

ni de  mis sombras extraviadas.

No.

No quiero representar,

ni por asomo,

más que el cascarón de mi papel.

Nada más lejos.

No he querido entusiasmar

a este  escuchimizado público.

Nunca.

No quiero que vayas y vengas

y además

incluso te hagas la santa.

Ni se te ocurra.

No quiero vender

ni juicios ni valores ni condenas,

ni tampoco

que se me juzgue ni juzgar.

De eso nada.

No quiero, sin más,

la sal que merecería resultante

de este patético juego.

¡Ay, juego! ¡Ay, si fuese solo un juego!

 

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