Ese tren descarrilado de silencios
que, ciego, gacho y malnutrido,
ni tan siquiera he visto pasar de largo,
esa mirada entre cenizas acunadas
que no he acertado, atenazado, a discernir
de las ruinas de su sombra,
esa mano ida desde su distancia
que he asido sin sangre ni vergüenza,
la palabra roma, sin tránsito, sin destino,
que no he llegado a pronunciar limpia,
el momento hecho de pérdidas
que no supe ni pude aprovechar,
el paso de irreconocible voz de arrabal
que no he cambiado ni besado ni fundido,
los escombros sin huellas ni delito
de los que no desaparezco, ni huyo ni escapo,
lo versos en blanco y sin tripas
que no escupo, ni siento, ni pervierto,
el aire salpicado y embarrado de deslices
que me falta por mascullar sin titubeo,
la saliva traicionada de sal y gracia
que no llego a tragar, ni alcanzo,
las retiradas sobre espinas de cera
en las que no me bato ni en arrebato,
los muchos huesos inquebrantables
que hoy por hoy siento despedazados,
estas notas de de sinfonías irrisorias
de voz imperceptible y malograda,
estos vómitos empalagados de hiel
de palabrería incómoda, ardua y yerma
son todo plumas alquitranadas de estas alas rotas.
La tierra descosida, despasada y engullida
de sus harapos, dudas y culpas
en la que se distrae mi mala conciencia,
dando tumbos entreverados y melancólicos
entre las luces que desescombran sin tregua
mi nombre, mi piel, mi coraza y mi latido
puestos a merced de su propia rémora.