¿Qué jodido
e inexplicable verbo,
tan duro y tan amable,
tan enrevesado
y tan diáfano
como un laberinto
de palabras de amor
y un beso al aire,
significa y personifica,
ineludible
y cruentamente,
dolor constante,
pertinaz y cansino
(más allá de su muerte,
táctica y estrategia)
corazón expoliado
de sus cuna ruinosa,
sin compasión
ni redención,
derrota sin paliativos
ni aditivos
de las entrañas
del mismo tuétano,
espalda flagelada
de hondas huellas
y recuerdos en carne viva,
recorte y muñeco
de papel maché
en la tormenta
de esta hora prima,
mota retorcida
de polvo estridente
en la mirada queda,
en la caricia callada?
¿Qué verbo
insaciable es este que,
mira fija
e incrédulamente
como un verdugo
de la contemplación
y como un condenado
a todas las penas
y a ninguna lágrima,
te invita a la macabra fiesta
de ablación de tu sonrisa,
pequeña
pero inabarcable,
que te supera
y te espanta
y te encanta
a hachazos de palabrería
en todos y cada uno
de sus pecados extirpados
y conservados,
en el formol que riega
estas memorias,
que se nutre
de tus pálidas lagrimas
disfrutando del zumo último
y lacerado
de tus silencios
como mundos,
que derroca para siempre
y como siempre
el júbilo de la sal
de esta vida
que no sé vivir?
¿Qué clase de verbo
tengo aquí,
entre estas manos
y estas palabras
que no sabe asirte,
tan enjugado de su hiel,
tan impaciente y torpe,
que hasta la frágil voz
de tu llamada
hasta un gesto mudo
de socorro,
invisiblemente
(¿Cómo no?) se le escapa?