Caballos de Troya.

Si quieres, mi dulce Helena,

te hablo celosamente y sin reparos,

de las formas, modos y maneras

que tienes, disimulada y sutil,

para no dejar al descubierto,

afortunadamente, ni un solo refugio

entre mi ajado y latiente corazón

y mi perpetua e incómoda prudencia;

 

Si quieres, mi dulce Helena,

te cuento que no has dejado apagado

un cabo de esta cuerda que no ate

y resulte un descosido henchido

de carne sacudida,

sobresaltada

y estremecida,

y yo,

héctor atenazado,

desajustado,

mordido

y desarmado,

para variar, no tardaré

en tartamudearte eternamente piropos discretos

si no pones puentes y remedios

a este disparate de ilusiones, sueños y quimeras.

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