CARTAS MARCADAS

Te conocí cuando nadabas a contracorriente

y aún no sabías guardar la ropa

en aquel bar de copas del barrio del Carmen,

donde no nos dieron, creo que afortunadamente,

ni las gracias por emborracharnos.

Consumimos tanto nuestras atropelladas copas

como nuestras sucias miradas,

sabiendo cuál sería el siguiente acto,

inmersos en una noche cualquiera

de carmín en la camisa

y petequias salpicadas de culpa en tu cuello.

No nos habíamos cruzado hasta entonces

más de dos o tres miradas no faltas de lascivia

absolutamente lejos y libres

de la posibilidad de un verbo que mediase,

cosa que nos hizo concluir 

que no era a un final abierto precisamente

adonde nos iban a llevar, irremisiblemente,

el alcohol, nuestros silencios y sus monstruos.

Estas cosas a los cuarenta y cinco

(bueno, quien dice cuarenta y cinco),

se saben, se presienten o, quizás, se desean.

Pero duró, eso, exactamente

lo que tenía que durar:

un amanecer buscando tu espalda entre las sábanas,

una resaca más en soledad

y cuatro de los nueve números de tu móvil

emborronados en mi muñeca

ensuciada con la tinta de los excesos.

Hoy, estas hiperbólicas tramoyas de vergüenza

son una excusa para no luchar

con uñas y dientes contra el olvido de tu piel

para que este noctámbulo todo o nada

no tenga ni el más mínimo sentido,

como el peso de tus pasos hacia mi ático,

como tus besos esquivando mi corazón sabiamente.

Las dimensiones prestadas

de este teatro de la carne y los antros sin tiempo

no son excusas, ni lo pretendo.

Y tampoco el hecho de que,

a veces, se nos coloque la vida

sin otra jugada posible

que no sea retroceder más allá

que lo justo e innecesario.

Sé que estas cartas sin marcar y,

por extensión, su escogido modus vivendi,

si bien no son el retrato póstumo de mis vísceras

tampoco tendría por qué tomarlas demasiado en serio.

Mi vida podría estar jugando de farol.

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