Existirán, casi seguro, lo sé,
universos más allá
de la onda expansiva
de tu honda sonrisa desatada,
pero ni los conozco, ni hoy,
me interesan o me vencen.
Es fácil. Quizá se hallen, sí,
tanto más allá de tu boca
donde ni las palabras sepan
señalarse, casi deslizarse,
soñarse o pronunciarse solas,
que si no las meces, así,
con tu voz y su calma,
no querría; ni mentiría; ni sabría.
Tus piernas, desacompasadas,
siempre al paso de mi deseo
sin domesticar de sus raptos.
Tu silencio me perturba, callado.
Tu palabra, a la altura justa
de los acontecimientos,
redunda en el quicio salado
que sabes que está por venir.
El dolor, mejor ni lo mentamos.
Se contonearán tus ojos,
sin el prejuicio acostumbrado,
para talar de un solo tajo,
la vergüenza que no nos falta,
las caderas de tus labios,
y más lejos de un alcance exento
que más tarde se perderá
entre todo lo que no procure
la sed de pasar a esta otra página.
Si me contestas con un beso,
que sea ya mismo, mañana cierro.