Siento el eco roto, voraz y rítmico
de mi palabra encendida, tiritando,
maltratada y desconchada
por sus venas de firme espato
y en su cadencia, querencia
desatada y sin estrépito, sin memoria.
No fue bastante, lo nuestro,
pobres ignorantes, con querernos,
y aprender que sí, que es así,
como en todos y cada uno
de los sueños que no deliramos:
hay que soñar y morir soñando,
que si pretendo odiarte, y tiempo tengo,
espacios que no vuelen contigo
ya no tengo, no, para no quererte.