La experiencia
y lo que no es la experiencia
me dicen que
ni tus besos
ni tu miradas
son ya tuyas absolutamente.
Parte de ellos son ya míos.
No me los quita nadie.
Ni yo mismo, aunque quisiese.
Ya forman parte de un elenco
de fantasmas vivos
en mi bolsillo de ayeres secos,
en mi espalda cargada de tactos
y llena de futuros,
en mi ropas raídas
de cualquier última madrugada.
No me mires así,
con esos ojitos grandes,
con esa última mirada,
con ese ademán roto,
con ese gesto sin peso.
La suerte está echada.