Tus pasos, tan obscenamente firmes, varados,
insisten en su paciencia de torturador.
Tus manos, que despiertan el silencio de las mías,
redimen de la ausencia, su tacto fugaz.
Tus ojos sin claro vaticinio recuerdan
el océano de esta lucha sin tregua ni mengua.
Tus palabras, aturulladas, no existen
pese a esta cercenada distancia de milímetros.
Mis súplicas de silencio se pierden
sin voz, sin sentido, entre tus sueños rotos.