Sentir ya de este final sacado de quicio
los últimos tan dolidos acordes y soplos.
De este que se presuponía, sin duda,
un valle atiborrado de infinitas lágrimas
a este océano con más sal en la herida
que lamentos que consuelen su dormida voz.
Creer que éramos los únicos, nosotros,
para acabar creyendo a pies juntillas
que somos tontos sin perdón ni remisión,
que por creer en este verbo
se nos quedó grabado este elenco de gestos
que si hoy te aprovechan, mañana no te sirven.