Pongamos que hablo de Madrid.

Sin embargo, y pese todo, esta ciudad,

tanto detrás de su sonrojante

doble  lado hilarante de la carne,

como de su señal de la santa cruz,

como cuando, si titubeos, me redujo

a un oscuro, preguntón, canalla

y taciturno innoble de su noche,

o cuando al ver cómo las estrellas

a las que aún no hemos puesto nombre,

siendo generoso y esquivo como tus besos

y tus caramelos cariacontecidos,

ceniza de otros tiempos remotos

y sombras de otros lugares pasados,

será aquella ciudad al lado de Carabanchel.

 

¿Para qué hablar, entonces,  de estos gestos

cuando febriles aún se encuentran  mis manos

y no sé más de tus palabras

que de tus deslices de lo divino y lo humano,

cuando estas tempranas calles

no se persiguen más que a sí mismas,

cuando este corazón repujado y enjaezado

no defiende sino su imagen, su letra,

sus quicios, su espalda o su diáspora de lances?

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