Sin embargo, y pese todo, esta ciudad,
tanto detrás de su sonrojante
doble lado hilarante de la carne,
como de su señal de la santa cruz,
como cuando, si titubeos, me redujo
a un oscuro, preguntón, canalla
y taciturno innoble de su noche,
o cuando al ver cómo las estrellas
a las que aún no hemos puesto nombre,
siendo generoso y esquivo como tus besos
y tus caramelos cariacontecidos,
ceniza de otros tiempos remotos
y sombras de otros lugares pasados,
será aquella ciudad al lado de Carabanchel.
¿Para qué hablar, entonces, de estos gestos
cuando febriles aún se encuentran mis manos
y no sé más de tus palabras
que de tus deslices de lo divino y lo humano,
cuando estas tempranas calles
no se persiguen más que a sí mismas,
cuando este corazón repujado y enjaezado
no defiende sino su imagen, su letra,
sus quicios, su espalda o su diáspora de lances?