Me gustan tus labios
de rincones desconocidos,
desempolvados y nuevos.
Me gustan tus labios
intimidados y aturdidos
y flamantes e inéditos.
Me gustan tus labios mesiánicos
porque buscan incesantes
con el miedo justo a perder,
porque dan voz muda
de expectativas
a los que mantuve
en silencio enterrado,
porque los tuyos
besan y saquean
mientras los míos
esperan e inquietan,
porque el primero,
escondido y velado,
no me llevó al último
tan descarado y desalmado,
porque si los pienso
en este desierto
los defiendo con uñas y dientes,
porque si los quiero al alcance
parpadeo, sueño
y, asido a ellos, los arrullo.
Aun así,
no perderé, por ahora,
ni los estribos ni la perspectiva
y como dije en su momento,
y redundo preso
en alguna que otra sonrisa:
jamás, y digo jamás,
me enamoraré
de unos estrictos
y perfectos labios,
que con o sin lluvia
en su memoria,
no dejan de ser eso, unos labios.