Si me mirases,
inmóvil y distante,
con esos excelsos ojos inescrutables
para acabar contándome
hasta tus últimos lunares
y luego no batirte en retirada
sin siquiera jugar
entre estas jironadas prendas
caídas de este árbol sin ciencia
ni conciencia
que es esta súbita y piterpanesca
madurez que no he escogido…
Si me dijeras adiós
tan solo levantando la mano
y me dedicases
un que tengas suerte abigarrado
o un jamás te olvidaré,
o pronunciar: ciao nos vemos mañana,
o decir,
detenido y aferrado
a este adiós
que desista de tus besos
y haga caso omiso a las prisas
de tus abrigos y ejemplos…
Si claudicases
no sería por mis ojos trasnochados
de de anteayer,
ni por mi sonrisa perfecta
con tanta mala leche
de hace diez minutos,
ni por mi refranero y mis espejos
tan manidos como estos azotes
de tinta mal hilvanados.
Si me dejaras
explicarte que estas luces
no vienen de aquellos lodos,
que esta marea
solo la detiene la misma noche
y que este momento tan forzado
lo llevo preparando
desde el día que me enseñaste
la navaja de destrucción masiva
que suponen tus sutiles reproches.
Si lo hicieses,
lo entenderías todo.