Conclusiones erróneas.

Partimos

de la dureza y destreza indescifrable

de tu sonrisa descatalogada

( sin olvidar

la profundidad de tu mirada fija),

de tus labios

en espera incandescente,

de los serpenteados rehenes de sol

que te molestan

y soplas y apartas sin pensar,

y de tus remotos gestos

que cierran y sepultan e inmovilizan

el resuello de los que ya ni son míos.

Por tanto,

contamos con la ambigüedad

de tu palabra medida y cierta,

pasando por lo axiomático de tus dudas,

por lo  incómodo y resuelto

de nuestros tímidos pero bellos silencios,

por la sutileza del beso en espera

que aún no te he dado

(pero que prometo darte, si sueño).

Y,

de todo esto,

concluyo,

que a  excepción hecha

del sublime  perfil de tu mueca

hecha y deshecha

al antojo de piedras y flores,

de la eternidad de los lances y geografías

por descubrir de tu ubérrima

e inagotable espalda,

de los brotes y laceraciones

de estos gestos

que derivan en estos versos,

de las esquirlas y sugerencias

que de tu piel asaltan

mi escalofrío y mi sosiego y mi sortilegio,

de la elíptica ternura de tus labios

y de sus cantos de sirena,

apenas me hubiese fijado en ti.

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