El descaro atroz
de tu desvaída palabra,
el escombro rendido
entre tus manos,
la impotencia de este saco
de incertidumbres
que se queja
por no sentir tu mirada,
clavada y elevada,
sin dolor, sobre mi espalda.
Echar de menos
este acaramelado subterfugio
para no engañar más
la última frontera de mi cordura,
desvincularme de tus sonrisas,
sin prisa,
sin la necesidad
de no echarlas de menos,
sin la urgencia que,
tras luchar sin tregua,
no merecemos.