Mudanza.

Cualquier mudanza, por modesta que sea, lleva asociados por definición, cambios. Sean estos agradables o desagradables, voluntarios o forzosos, cargados de nostalgia o henchidos de resquemor, cambios al fin, que no nos dejan, habitualmente, a unos más que a otros, un dulce sabor de boca.
En mi caso, esta muda deja muchos aspectos de mi vida y entorno, además del cambio de casa. Por un lado, cambio un barrio por otro, vecinos, cama, decoración, incluso de repente, tengo perro y balcón.  Por el otro, cual serpiente, dejo algo de mí en el proceso. Con esta marcha, eso sí, pierdo lo más importante que he tenido en mis últimos diecisiete años: a ella. Y con ella, el miedo. Supongo que como la estrategia inconsciente de aquél que, herido, mira el campo de batalla con un aire desafiante, pero en el fondo, respira sobrecogido y asediado por ese miedo instalado en su tuétano.

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